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Heridas emocionales

Como seres humanos todos tenemos unas necesidades vitales que buscamos satisfacer para poder vivir plenamente. Existen necesidades materiales, como la comida y la bebida, el calor o el descanso, y otras necesidades emocionales, que nacen de las relaciones con uno mismo y con los demás. Estas incluyen el ser valorados y queridos, vistos y escuchados, acompañados y comprendidos, abrazados y acariciados, respetados, sentir seguridad en el mundo, pertenencia a un grupo, la posibilidad de desarrollarse, sentir que se es digno de confianza, y muchas otras. Cuando estas necesidades son vulneradas, ya sea porque son pisoteadas o porque son ignoradas, se generan las heridas emocionales.
Todos hemos sufrido algún tipo de herida emocional a lo largo de nuestra vida, son como las heridas del cuerpo, todo el mundo ha tenido algún corte, enfermedad o lesión, que puede ser más profunda o menos, más grave o menos, mejor curada o menos, pero nos afectan a todos. E igual que las del cuerpo, las heridas emocionales dejan una marca e influyen en como nos sentimos y comportamos.
Las heridas emocionales están en la raíz de muchos de nuestros problemas de relaciones, de autoestima, de depresión y ansiedad, de fobias, de insomnio, de adicciones, problemas con la comida, dificultades sexuales, e incluso problemas con la identidad.

Qué es el dolor emocional

La palabra emoción viene del latín “emovere”, que significa “lo que nos mueve”, aquello que nos impulsa a movernos. Pero otro de los nombres que se usa para referirse a las emociones es “afectos”, es decir aquello que “nos afecta”. Y aún hay otro gran sinónimo, la palabra sentimiento, que, en su origen, hace referencia a lo que “percibimos y sentimos”.
Así pues, el dolor emocional es aquel dolor personal, sentido en el propio cuerpo, que me habla de lo que me afecta negativamente, lo que es importante para mi vida, y me mueve a cambiarlo. Por ejemplo, la tristeza me habla de lo que he perdido y me pone en un estado de bajo ánimo para procesar esa pérdida y pedir ayuda. El enfado, por el contrario, me habla de lo que me han quitado o los derechos que han sido vulnerados, y me da fuerza para combatir la injusticia. La vergüenza me dice que he sufrido una humillación y me lleva a esconderme para evitar mayor exposición. Cada emoción tiene su lenguaje y prepara todo nuestro cuerpo para hacer frente a alguna necesidad importante.

Las heridas emocionales se pueden curar con terapia para la gestion emocional, y además, se generan cuando las necesidades o las emociones no son bien recibidas. Cuando alguien nos daña porque no es capaz de ver una necesidad nuestra, o viéndola no sabe como satisfacerla. Estas necesidades son tan importantes para sentirnos bien y crecer como personas, que cualquier ataque hacia ellas duele mucho y suele quedarse grabado en nuestra mente y cuerpo. Dado que son necesidades fundamentales, si no son cubiertas quedan como una herida abierta que reclama nuestra atención, y esas cargas emocionales del pasado siempre se manifiestan de alguna forma en nuestra vida.

Las heridas generan formas de pensar y creencias sobre uno mismo, los demás y el mundo, que no representan la realidad, y nos dificultan una vida sana y satisfactoria.

Heridas emocionales

Tipos de heridas emocionales

Hay muchos tipos de heridas emocionales, y cada teoría psicológica les ponen unos nombres u otros, pero lo importante es que, a pesar de que cada persona lo vive de forma única, hay experiencias humanas de dolor emocional que son comunes. Algunas de ellas son:

– Herida de abandono:

se genera cuando necesitamos a alguien a nuestro lado y hemos sentido que nos dejaban solos. Algunas experiencias que la producen son el no ser consolado cuando lloramos, o ser olvidado en algún lugar por la familia. Trae convicciones como “a nadie le importo”, “nadie me entiende”, “no soy importante”, o “estoy solo en este mundo”.

– Herida de miedo:

aparece cuando hemos vivido un peligro muy grande, tanto a nivel físico como emocional, y no hemos encontrado protección en ningún lugar. Puede generarla el haber sido víctima o testigo de violencia, una catástrofe natural o un accidente. Es frecuente que aparezcan creencias de que “el mundo es un lugar peligroso”, “si confió me harán daño”, o “seré herido y moriré”.

– Herida de impotencia:

cuando nunca se ha valorado mi capacidad, nunca se me ha permitido hacer las cosas por mi cuenta, tomar decisiones o correr riesgos, o cuando se ha vivido una circunstancia dolorosa imposible de cambiar, como la muerte de un ser querido o una enfermedad grave. Lleva a pensar cosas como “no soy capaz, no podré cambiarlo”, “soy débil y pequeño”, “no tengo recursos, ni fuerza, ni ideas”, o “el mundo es demasiado grande para mí”.

– Herida de desesperanza:

suele producirse tras un largo proceso con gran sufrimiento en el que nunca se ve que la situación mejore, y después de haber confiado no se ha encontrado solución. Cuando alguien de quien esperábamos ayuda nos falla, como un ser querido o una divinidad, o cuando hemos intentado todo lo que sabemos y aun así no logramos salir de una situación negativa. Aparecen creencias aplastantes como “nunca saldré de esta”, “mi vida no tiene arreglo”, “mi futuro es negro”, o “quiero dejar de existir”.

– Herida de confusión:

cuando ha ocurrido algo que no era capaz de procesar y entender, y me genera mucha angustia. Perder a un ser querido repentinamente sin conocer la causa, recibir mensajes contradictorios en mi educación, ser víctima de un engaño o estafa, el abandono sin explicaciones de uno de los progenitores. Estas experiencias dejan a la persona en un estado mental desorganizado: “no comprendo lo que está pasando”, “nada tiene sentido”, “¿por qué el mundo/mi vida es así?”, “me siento perdido”.

– Herida de rechazo:

se genera cuando percibo que por algún acto o característica mía se me excluye de un lugar en el que me gustaría estar. La viven personas que han sufrido bulling, niños que no han sido deseados por sus padres, las víctima de racismo, machismo u homofobia. Puede llevar a pensar que: “no soy amado, querido o deseado”, “no merezco el amor de otro”, “hago daño a los demás y por eso me alejan”, o al revés, “los otros son malos”.

– Herida de vergüenza:

Cuando se ha sufrido una humillación o desvalorización de uno mismo o del mundo interior: mis ideas, gustos u opiniones. Aparece tras experiencias de humillaciones por parte de profesores, unos padres que no valoran las expresiones de su hijo, o padecer todo tipo de burlas. Esto genera unas creencias de falta de valor: “no soy valioso”, “soy estúpido y malo”, “estoy sucio”, “hay algo defectuoso en mí”, o “no soy digno”.

Muchas de estas situaciones pueden generar más de una herida a la vez. Además, aunque lo más habitual es hablar de las heridas emocionales de la infancia, en realidad se pueden generar a lo largo de toda la vida. Ciertos eventos de la vida adulta pueden producirlas: como un divorcio o ruptura amorosa difícil, un despido del trabajo, o la muerte de un hijo.
La profundidad de las heridas y cómo nos afecten dependerá de varios factores, entre los que está la edad en la que ocurra la experiencia dolorosa, la gravedad del daño causado, cuanto se prolongue en el tiempo, y una de las más importantes, la forma de afrontarlo de la persona y de los que le rodean.

Si no se hace nada con las heridas emocionales estas nos acompañan a lo largo de la vida y pueden aparecer en las situaciones menos esperadas, aunque se formasen en episodios muy lejanos en el tiempo. El dolor emocional y las creencias profundas que nos transmite suelen llevarnos a tomar decisiones perjudiciales para nosotros, como promesas internas de las que a menudo no somos conscientes, que nos hacemos para evitar sufrir más. “No volveré a confiar en nadie”, “mejor dejo de luchar, si no se puede cambiar no merece la pena intentarlo”, “el cariño no es tan importante, puedo vivir sin él”, o “pedir ayuda es de débiles, lo haré por mi cuenta”. El problema es que esta defensa frente al dolor emocional tiene un coste muy elevado, y nos puede dificultar el sentirnos bien, tener relaciones satisfactorias o lograr nuestros objetivos.

Por ejemplo, una persona con agorafobia puede estarse protegiendo de su herida de vergüenza, pero a costa de sus relaciones sociales. Alguien en una relación dependiente quizá tiene una herida de abandono y para evitar volver a vivir lo mismo hace cualquier cosa para que no le dejen. La preocupación y rumiación excesivas muchas veces son formas de contrarrestar la herida de miedo, tratando de pensarlo todo para sentir control y que no aparezca el miedo. En las adicciones es frecuente que haya un dolor emocional muy profundo que se trata de tapar con la conducta adictiva, como forma de sedación del dolor interno.

Muchos de los síntomas psicológicos que nos dificultan la vida tienen sus raíces en la falta de sanación emocional.

Como sanar heridas emocionales

El primer paso para sanar nuestras heridas emocionales es descubrirlas, ponerles nombre y entender de dónde han venido. Para ello es bueno recordar que no solamente las generan acciones que nos hacen daño, sino que también pueden aparecer por omisiones de algo que necesitábamos. Se puede generar tanto una herida de vergüenza por ser víctima de burlas como por nunca ser apreciado ni valorado por los padres.

Pero conocerlas es solo el inicio, para sanar profundamente hace falta aceptar la propia historia y no tratar de esconderse o huir de la herida, lo cual es difícil porque nos duele. Pero es crucial contactar con ese dolor para escuchar qué necesidad esconde y cómo podemos satisfacerla.

Terapias de sanación emocional

La terapia para sanar heridas emocionales es algo delicado, ya que toca los puntos débiles de cada uno, lo más sensible que hay en nosotros. Por eso es importante mirarlas con ternura y compasión, y que cualquier persona con la que hablemos de ellas sea capaz de hacer lo mismo, empatizando y teniendo el máximo respeto por nuestro dolor emocional.

Por eso los profesionales de la psicología, conociendo la importancia de las heridas, están especialmente entrenados y sensibilizados para poder acoger de la forma más respetuosa tu dolor emocional.

En terapia te ayudamos a descubrir qué heridas tienes, a escucharlas en un entorno seguro y al ritmo que te hace falta, sin forzarte ni causar mayor daño. Exploramos tu historia para comprender como se han formado, de qué forma han influido e influyen actualmente en tu vida, y qué necesitas para alcanzar la sanación emocional. Con los psicólogos de Lagasca podrás trabajar en la aceptación de tu historia, incluso de las partes más dolorosas y liberarte de las cargas emocionales del pasado.

Al tratarse de heridas emocionales, la terapia debe ser emocional. El dialogo y el pensamiento serán necesarios, pero para trabajar las heridas emocionales debemos acércanos a ellas desde la emoción. ¿Cuántas veces hemos tenido experiencia de sentirnos mal, con mucha angustia o ansiedad, y tratar de calmarnos con pensamientos, pero no conseguirlo? Para eso existen técnicas para sanar heridas emocionales de forma experiencial, que consisten en hacer ejercicios en los que lo fundamental no es hablar de lo que se siente, sino de realmente vivirlo en sesión, y traer eso que tanto nos cuesta a un ambiente seguro, en el que estamos protegidos, con una persona de confianza, y así poder ir haciéndole frente a nuestro ritmo, sin sentirnos desbordados.

Por eso en terapia trataremos de sentir y expresar al máximo estos dolores, a la vez que activamos emociones reparadoras, como la compasión, la comprensión, la empatía, la tristeza del duelo, o incluso el enfado asertivo, para, poco a poco, ir transformando nuestro dolor emocional en una nueva experiencia de bienestar. Cuando se trabajan estas heridas aparecen sentimientos más positivos, una sensación de alivio y agencia, mayor libertad y capacidad para tomar decisiones, mejora la relación con los demás y con uno mismo, y pueden desaparecer los síntomas que estas heridas generaban.

Las heridas emocionales sanan

Si te preguntas cómo sanar emocionalmente, y si realmente eso es posible, la buena noticia es que se puede y hay formas concretas que los psicólogos te pueden enseñar para lograrlo. Conocer nuestras heridas emocionales nos muestra un camino de crecimiento personal que nos lleva a una mayor felicidad y plenitud. E igual que las heridas se generan en la relación con otros, también con otros es donde se pueden curar.

Cada una de las heridas emocionales que tenemos tiene un sentido y se comprende a través de lo que hemos vivido. Esas reacciones que tan a menudo juzgamos de irracionales tienen su explicación y su motivo en el dolor emocional, tanto presente como pasado.

Nunca debemos olvidar que todas las emociones son válidas, nos traen mensajes importantes y que existe un camino para sanar las heridas emocionales. Hay esperanza, y se puede salir del dolor y los lugares oscuros.

En Lagasca queremos ayudarte a que te sientas mejor.

Recuerda también, que si eres profesional de la psicología, puede que te interese conocer nuestro alquiler de despachos para psicologos en Madrid.

 

 

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